La doctora se acercó para darle el medicamento, él se acordó donde la había visto. Después de tantos días tratando de recordar llegó a su mente la respuesta. Aquellos dedos tan blancos y delgados que sostenían la diminuta píldora se aproximaron a la boca del paciente, acto seguido estaban en el suelo derramando la poca sangre que le cabe al índice y al pulgar.
Pensó: a ver ora cómo me inyectas hija de tu puta madre.
0 comentarios:
Publicar un comentario